lunes, 2 de febrero de 2015

ENTRE LA FAUNA POLÍTICA, LOS ARTESANOS DE LA OPINIÓN, Y LOS NUEVOS LASTRES DE LA PARTICIPACIÓN.

De entrada diré que se hace imposible creer en la existencia de “una ciudadanía activa” cuando lo único activo que se pose es la lengua; y es que como estudioso del tema de la ciudadanía y de los ejercicios propios de la participación ciudadana se hace inconcebible alentar a la participación desde el letargo, desde la irrespetuosa idea de creer que se posee la última palabra, desde la fina comodidad de un sillón frente a la pantalla de una computadora; máxime si se responde a la actitud circunstancial y amarillista de invitar a la acción desde la lectura superficial de una columna de opinión, de un semanario, o de cualquier periódico de nuestro país sin un análisis profundo del entramado de la noticia. Hablar de ciudadanía activa, comprender el tema de la participación ciudadana, de la planeación participativa, de los movimientos sociales y de la acción social tiene como regla entrar a conocer los postulados de Hannah Arendt, de Esperanza González, de Fabio Velázquez, de Riechmann, de Bobbio, o de cualquier académico que haya dedicado tiempo al análisis de estos temas – eso se llama respeto por el conocimiento- que más allá de ser solo un referente teórico, nos ayudan a pararnos en los hombros de quienes han dicho ya algo sobre el tema, y de identificar las falencias y sus respectivas mutaciones a miras de corregir y así poder ser conscientes de eso que hablamos como “Ciudadanía Activa” .

Es un acto de vil irresponsabilidad -y se puede notar mucho en el ámbito local a vísperas de los comicios electorales- el engaño, a través de la fachada de los pre-candidatos que desean aspirar a un cuerpo colegiado, vestirse ellos mismo de un manto de “salvadores de la democracia” de “Ilustrados del siglo XXI” que desde su atalaya anticipan los desastres funestos de los errores de la democracia, si no se confía en ellos, si su nombre no hace eco en el campo político. Con propósito. 

Esto obedece directamente a un ejerció de Cultura política y es indispensable direccionar un territorio con conocimiento, con voluntad también, pero con conocimiento de causa y materia. 

En su artículo La Ciudadanía: Entre La Idea Y Su Realización del profesor Fabio Humberto Giraldo Jiménez, el profesor nos dice que:

“Ahora bien, el ejercicio de la ciudadanía tiene variables que lo condicionan. Si ocurre que en las normas que traducen ese ideal u ocurre que si el ejercicio por parte de sus titulares los ciudadanos, se descuida el ingrediente de la voluntad, aparece, por un lado, una clase de ciudadanos que limitan \ su ejercicio al conocimiento y análisis sobre la política sin participar en ella «]\ porque no tienen voluntad de poder o, por el otro, aparecen aquellos que / ignoran la política o aquellos que tienen la voluntad pignorada. Este es el caso de las personas que se limitan a sí mismas el ejercicio de la ciudadanía o que son restringidas por intermedias personas o circunstancias como la cooptación de la voluntad por condiciones de necesidad o coacción, por ejemplos. Y si se descuida el factor del conocimiento y análisis de la política aparece una clase de ciudadanos que tienen mucha voluntad política -aquí sí entendida como búsqueda de poder- y poco conocimiento de la política pero que, impulsados por la misma voluntad, llegan a adquirir gran habilidad en la manipulación "artesanal" tanto de las instituciones como de las actitudes políticas. Este es el caso de los que vulgarmente reunimos en la "fauna política, término con el cual caricaturizamos a los que también se denominan como la "clase política", conformada por los políticos de profesión.”

Y son las últimas líneas las que me llaman la atención de este fragmento cuando hago relación con aquellos que se sirven de la ciudadanía activa, como caballo de batalla para agudizar en la opinión publica su feroces ansias de Voluntad, que es inversamente proporcional a su desconocimiento estructural de los temas ya antes mencionados que encierran en el tema de la Ciudadanía Activa.

Lacayos de la ignominia, que se ufanan de saberes y conocimientos, son ellos los culpables hoy de ese letargo de territorios como el nuestro, que por un lado cansan al ciudadano a cautivar, y por el otro engañan y multiplican las lógicas serviles de las patologías que sufre la democracia en nuestros tiempos. Esa esa clase de ciudadanos que desconocen de lo político – y la política- pero su voluntad se suma en sus percepciones subjetivas de los alcances que por este medio pueden tener a título personal. 

El conocimiento para la acción es fundamental, así como un ingeniero necesita saberes sobre cálculos, los políticos necesitan – en el deber ser- de conocimientos que los acerquen a la realidad de los territorios. 

La ciudadanía activa sin más, invita a la acción, a la construcción en el encuentro de voluntades, al ejercicio del reconocimiento del otro, a la suma de capacidades diferenciales, al amor por agudizar en el cuerpo social el respeto por lo público, por lo de todos; no al discurso de “niño grosero” de “yo soy el más verraco”, ya que estos discursos tan solo muestran el reflejo de esa fauna política y de los lastres de la participación, que se muestran como nuevos voceros de lo público, y su voz no hace eco ni en su conciencia.

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